El juego de la gallina

Por Hamlett

El presidente Daniel Ortega decidió jugar bola recia con la Embajadora de Estados Unidos, Phyllis Powers. Acusó recibo del mensaje de la diplomática y decidió “estudiar” sus palabras, especialmente la palabra “difícil”.

Si analizamos con calma, casi tres semanas después sus afirmaciones podremos concluir, sin temor a equivocarnos, que la embajadora Phyllis dijo que no habrá waivers. En un principio, muchos entendieron que ella hizo una advertencia, que el mensaje era que la puerta estaba abierta, que había esperanzas y por tanto que el problema era solucionable.

En un sector de la clase política vieron oportunidades. El MRS y algunos organismos civiles como Hagamos Democracia reaccionaron asegurando que ese era el camino, apretar el cuello del sandinismo y obligarlo a rendir su rey. Los renovadores, que adivinaron la jugada o están en ella se adelantaron un par de horas al discurso de la embajadora de Estados Unidos y anunciaron su ruptura con Eduardo Montealegre a quien denunciaron de “cómplice” del orteguismo.

Esta posición radical, que ha ganado espacio entre los aliados del eduardismo, también encontró una rendija en el diario La Prensa que ha dedicado un par de artículos y caricaturas contra el dirigente del PLI que se inventó dos actos públicos para mostrar una musculatura política que no vimos por lado alguno.

A su vez, el PLI siguió adelante apoyando al sandinismo que, hasta ahora, sólo migajas le ha ofrecido como el aumento del número de concejales para beneficiar al segundo lugar a cambio de permitirle al orteguismo levantar un muro de incondicionales alrededor de cada municipalidad. Les doy un ejemplo, si Managua elegirá 71 concejales en las elecciones de noviembre próximo no duden que el Consejo Supremo Electoral acomodará los votos de tal manera que el sandinismo tendrá no menos de 50 a 55 concejales, dejando 15 o menos para sus opositores. Ni más ni menos que la receta de las elecciones legislativas del año pasado.

Palabra por palabra

Volviendo al discurso de la Embajadora Powers leamos de nuevo, como si fuéramos estudiantes de cuarto grado de primaria: “Nosotros analizamos cuidadosamente la gama de intereses estadounidenses y determinamos si el otorgamiento de estas dispensas mejorará la seguridad ciudadana, si ayudará a frenar el tráfico de drogas, si contribuirá al bienestar de toda la región y si apoyará a la democracia”.

Separemos las partes. Primero, el retiro de la ayuda de Estados Unidos, especialmente en su efecto sobre el BID y el Banco Mundial, afectarán programas sensibles de apoyo a la Policía Nacional, Ejército, Migración, Aduanas, por tanto, deteriorarán la seguridad ciudadana. Segundo, la descertificación afectará la capacidad del estado para golpear a los carteles de la droga, es más, el gobierno hasta podría reducir su efectividad acogiéndose unilateralmente a la idea del presidente de Guatemala: dejar pasar aquella droga que no puede alcanzar a combatir. O sea, es una mala decisión porque será una búmeran para Estados Unidos.

Mal balance

Tercero, la inestabilidad del régimen sandinista se expandirá por la región centroamericana como quedó demostrado en los años 70 y 80. Cuando el gobierno de Somoza Debayle se tambaleó en 1979, Centroamérica también tembló. Cuando la guerra civil estalló en Nicaragua en los 80 rápidamente se movió a el Salvador, Honduras, Guatemala y muchos otros países. Es cierto que fue por otras razones, pero no hay duda que los centroamericanos tenemos vasos comunicantes en lo político, social y económico.

Cuarto, retirar las dispensas no mejorará la democracia en Nicaragua ni la empeorará. El presidente del COSEP, José Adán Aguerri, comentó tras la conferencia de Powers que el retiro de la Cuenta del Milenio en 2009 nos dejó sin la carretera Managua-Chinandega y con un gobierno que se ensañó aún en la democracia como lo vimos en los comicios del 2011.

Un resumen nos dice que en el balance estadounidense, el retiro de los waivers, tendrá tantas consecuencias negativas para ellos como para nosotros, los nicaragüenses. Por tanto, la decisión de suspender las dispensas, desde la óptica estadounidense es una apuesta riesgosa para las dos partes.

Conclusión errónea

Ahora leamos la parte conclusiva del discurso de Powers: “… debo ser honesta con ustedes”, refiriéndose a un auditorio de empresarios y algunos políticos que han abogado públicamente por la continuidad de los waivers, “la persistente falta de transparencia fiscal, la incapacidad del Gobierno de Nicaragua de tomar acciones concretas para resolver las nuevas tomas e invasiones de propiedades de ciudadanos estadounidenses y, especialmente las graves irregularidades del proceso electoral del año pasado y la ausencia de medidas que indiquen que se está mejorando las condiciones para las elecciones de este año, hacen que la decisión para el otorgamiento de las dispensas sea muy difícil”.

Esta última línea puede leerse como el epitafio de las dispensas, en otras palabras, el daño ya está hecho y no les pidamos que actúen razonablemente porque el vaso de la paciencia se llenó.

Y luego, Powers agregó una línea confusa, de que su país seguirá ayudando a Nicaragua en el peor escenario de la ruptura. Aún así, Ortega decidió no responder y esperar que el norte lance la primera piedra.

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