Colombia no se ve desde San Andrés

Foto: Bogotá

Élber Gutiérrez Roa
elespectador.com

Nicaragua nació, creció y se achicó de espaldas al Caribe. A duras penas recuerda que Cristóbal Colón estuvo allí durante su último viaje a América y que en 1504 descubrió en la zona las célebres Islas del Maíz. O que en esa región tuvieron origen las leyendas sobre los piratas del Caribe y que allí nacieron también los proyectos de canal interoceánico concretados finalmente en Panamá.

Con miopía de latinoamericano, su proyecto de construcción de Nación olvidó durante años un pedazo del territorio (¡el 56% del territorio!), aunque desde el punto de vista formal la situación fue enmendada hace un cuarto de siglo, con la creación de las Regiones Autónomas del Atlántico Norte (RAAN) y el Atlántico Sur (RAAS). Si Colombia tiene una deuda con su Caribe, la de Nicaragua con el suyo es impagable, pues ni siquiera mira a su costa en época electoral, por tratarse de una población marginal: el 12% de los 5,5 millones de habitantes del país están ubicados en esos 60.366 kilómetros cuadrados de abandono y malvivir.

De malvivir silenciado. Un nicaragüense promedio viene a saber de la RAAN y la RAAS lo mismo que el colombiano promedio acerca de sus costas del Chocó. Y qué curioso, al igual que el Pacífico colombiano, el Caribe nicaragüense es selvático, está en la periferia y es blanco de todos los fenómenos delincuenciales gracias al abandono estatal. Por eso las húmedas y selváticas regiones autónomas, apetecidas ayer por corsarios ingleses, hoy son escala en la ruta de la droga de Colombia hacia EE.UU., aunque de eso también saben poco los nicaragüenses.

Son iguales porque ambos son nicas

Este y Oeste del país centroamericano carecen de vías que los comuniquen. Los mestizos del Pacífico tienen distintas costumbres, lengua y cultura que los misquitos y afrocaribeños. Son diferentes hasta en la apariencia. Por eso un colombiano de San Andrés (alto, negro y que hable inglés; o indígena descendiente de los caribes) pasa como nicaragüense en la Mosquitia con mayor facilidad que un managua.

Esa es una de las situaciones que mejor han aprovechado los narcos, como lo demuestran las denuncias ante el Consejo Supremo Electoral de Bluefields por casos de cedulación falsa de colombianos. El órgano electoral lo niega o lo atribuye a episodios aislados. Los habitantes de la zona dicen que un documento de identidad falso puede llegar a costar US$600.

Y como el territorio continental de la RAAN y la RAAS está a sólo tres horas de viaje de la isla San Andrés, para quien cuente con una lancha rápida, la ruta de las drogas es evidente.

Narcos se abastecen aquí

Las aeronaves con cocaína se abastecen en alta mar con combustible procedente de Nicaragua y continúan su vuelo hacia el norte. Opción dos, los narcos lanzan la droga al mar cuando se sienten perseguidos y, como saben que las aguas llevan la cocaína hacia tierra firme, se encargan de que alguien pase luego y la recompre al pescador que la recogió.

En Bluefields, el pueblo de 44.000 habitantes que es capital de la RAAS —con un índice de pobreza por encima del 63%—, los relatos sobre paisanos enriquecidos con esta lluvia de cocaína están por todas partes.

Aparecen incluso documentados en “Etnicidad y Nación”, el más completo estudio sobre la situación del Caribe en el país. Es una investigación en la que Pierre Frühling, Miguel González y Hans Petter Buvollen evalúan el desarrollo de esa autonomía territorial atípica en A. Latina, reivindican sus lazos parentales con los chibchas y africanos, y denuncian la violencia avivada allí desde la llegada del sandinismo al poder, en 1979. Los autores proponen fortalecer la formación ciudadana para aprovechar las ventajas de las autonomías (que tienen sus propias elecciones de gobiernos y cámaras representativas) y fortalecer instituciones frente a las amenazas del crimen organizado y el narcotráfico.

Infierno en las comunidades

Roberto Orozco, investigador de Seguridad del Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas de Nicaragua (IEEPP), le confirmó a El Espectador otra de las estrategias de los ilegales descrita en “Etnicidad y Nación”: los narcos están comprando el silencio de los ribereños. “Eso se sabía, pero el accidente de una avioneta cargada con coca lo puso en evidencia. Los militares llegaron hasta Walpasiksa a buscar la avioneta y fueron recibidos a tiros por los nativos.

No por los narcos, sino por las comunidades, a las que un narco colombiano de origen sanandresano les pagaba por planilla según la cantidad de hijos que tuvieran”. Un oficial militar, uno policial y un comisionado de policía murieron, lo que desató una fuerte respuesta contra la población. El caso dejó al descubierto que los narcos construían una pista clandestina, que la sociedad local fue literalmente comprada y que existía un sitio llamado Walpasiksa.

Pero en los 190 kilómetros de cristalino mar que separan a esa costa de la isla de San Andrés (que a su vez está a 775 kilómetros de territorio continental colombiano) no sólo hay historias de droga y pobreza. En la Isla del Maíz y el cayo de Las Perlas, considerados entre los de mejores playas del continente, se graban realitys españoles como “Surviver” y hacia la zona del meridiano 82 están los apetecidos bancos de corales.

No sólo aquí hacen cuentas por petróleo…

Además, los informes sobre reservas de crudo tienen sacando cuentas a petroleras de los países ex soviéticos que hicieron recientes donativos de buses al sistema de transporte de Managua. Su interés sería explotar la plataforma continental en la zona donde se hicieron exploraciones durante los gobiernos de Anastasio Somoza. Lo que se dice en Nicaragua es que con la tecnología que usan Brasil, Cuba y Noruega, frente a sus respectivas costas, no sólo sería factible explotar el petróleo que hace 35 años resultó imposible de extraer, sino también yacimientos de gas.

Razones de peso para mirar por fin hacia una región sobre la cual Nicaragua no ha sido capaz de construir un puerto de aguas profundas para sus exportaciones, las cuales llegan al Atlántico a través de Puerto Limón, en Costa Rica. Y eso que las revoluciones, en teoría, son autosostenibles.

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