El día que los nicas mataron a Drácula

Bosco León Báez
Especial de La Calle para
Trinchera de la Noticia

A inicios de los años setenta, “plasmaférisis” se convirtió en una palabra controvertida. La Organización Mundial de la Salud en esos años había dispuesto un estudio profundo sobre esta práctica y los peligros para la salud y las implicaciones éticas que ella tiene.

Pero… ¿qué era la plasmaférisis en Nicaragua? Pese a que es un procedimiento médico para en un proceso similar a la diálisis extraer el plasma de la sangre en pacientes con determinados padecimientos, aquí el término se utilizaba como un eufemismo para disfrazar la compra de sangre a desempleados, borrachines e indigentes.

Las personas que sufren grandes hemorragias producto de un accidente, de una operación quirúrgica o de un parto, necesitan reemplazar con rapidez el fluido, las proteínas y los glóbulos rojos. Por eso la existencia en todos los hospitales de los bancos de sangre, con la cual salvan diariamente a millares de personas en todo el mundo.

“Vampiros” propios y extraños

En nuestro país, a mediados de 1972, se conformó una empresa que negoció con la sangre humana. Esta compañía, en su escritura de constitución se llamó “Centroamericana de Plasmaférisis S.A. (Capsa).

En ese tiempo, los de Plasmaférisis utilizaron las mismas siglas de otra “Capsa”, una reconocida compañía de ahorro y préstamos que operaba en el país muchos años antes que ellos. Según el acta constitutiva, los fundadores del comercio con sangre fueron: José Rogelio Gómez Maribona, Pedro Manuel Ramos Quiroz y Benigno Castro Toirac, todos cubanos. Sus acciones sumaban hasta un 50%.

También aparecían como fundadores los nicaragüenses José Rolando Santamaría McNally y Frank Kelly Torres. A menos de dos meses de fundada hubo un cambio en la tenencia de las acciones, ya que el Sr. Kelly vendió sus acciones al señor Fausto Álvarez Bolaños, quien pasó a ocupar el cargo en la junta directiva de secretario, mismo que Kelly tenía.

35 córdobas por litro y había largas filas

Las instalaciones de esta empresa comercializadora de sangre estaban situadas en el km 3 de la Carretera Norte. Todas las mañanas, largas filas de personas esperaban su turno para vender un litro de sangre. En su inmensa mayoría pertenecían a los más bajos estratos sociales y económicos de nuestro país en esa época.

El precio por un litro de sangre era de 35 córdobas. Ya nos podemos imaginar el estado en que quedaban estas personas desnutridas, mal alimentadas y enfermas después de vender un litro de sangre.

Antes de realizar la “transacción”, los llamados “donantes” se distraían jugando naipes y contando chistes. El procedimiento era sencillo: a la persona que llegaba a “donar” sangre le entregaban una ficha numerada en una oficina encargada del registro de los vendedores, quienes podían “donar” hasta dos veces por semana. No se permitía la extracción a mujeres.

Una Transilvania tropical

Dos jovencitas sumamente atareadas con más de cien clientes, realizaban un interrogatorio: nombre, fecha de nacimiento, historial médico como si había padecido de asma, erupciones, picazones, tuberculosis, etc. Luego una enfermera tomaba la presión, peso, tamaño y la temperatura. Seguidamente ingresaban a un laboratorio donde le practicaban un examen de orina y sangre; ahí además dosificaban la hemoglobina y clasificaban la sangre, convirtiéndolo en un festín donde Drácula nunca soñó con tanta hemorragia.

Los medios de comunicación de ese entonces e instituciones de servicio social lanzaron sus protestas en contra de esta comercializadora, incluso todos los países de Istmo alzaron sus voces condenando este tipo de negocio. La población se preguntaba cómo tanta gente llegaba a este lugar a vender su sangre. Era la misma situación económica que reinaba en ese tiempo lo que obliga a miles de hombres a realizar tan denigrante acto, no había otra manera de conseguir dinero.

Transgresores del Juramento Hipocrático

Tratando de capear el vendaval de reclamos, el Dr. Guillermo Castro, inmunólogo de nacionalidad cubana y quien fungía como gerente de la empresa, intentó defender lo indefendible alegando que en el mundo entero para esos días habían más de mil empresas dedicadas a este negocio “digno y honrado”, el cual solo traía beneficios al país. “En esta empresa la ciencia está de por medio”, declaraba Castro.

El Dr. Rolando Santamaría, uno de los tres hematólogos que existían en ese entonces en el país era el encargado de vigilar el proceso. Defendía a Plasmaférisis diciendo que estaba totalmente de acuerdo con el centro. Se le pregunto si los Somoza eran los verdaderos dueños, como se conocía en la opinión pública y dijo que no los conocía, ya que era una sociedad anónima.

Lo curioso de este Dr. Santamaría es que en su oficina estaba colgado un rótulo que decía: “Pida ayuda a Dios para no meterse este día en lo que no le importa”. Para él, la conciencia era pura retórica. También explicó que en Plasmaférisis no se fraccionaba el plasma y que era enviado al exterior a grandes laboratorios que se encargaban de completar el proceso.

En 1972 les negaron un mejor precio

Para la Navidad del 72, los “donantes” se plantaron con grandes carteles exigiendo un aumento a 50 córdobas el litro, pero la administración del centro se los negó aduciendo que internacionalmente el precio real era de 5.00 dólares. El terremoto del 23 de diciembre olvidó un poco el tráfico de plasma, la tarea primordial después del sismo fue la reconstrucción de la capital.

En agosto de 1977 aparecieron denuncias en los medios de comunicación sobre la desaparición de dos bebedores consuetudinarios que eran a la vez habituales vendedores de sangre en Plasmaférisis.

Según familiares de estos “bohemios”, ellos tenían como costumbre ir dos veces por semana al mencionado centro. La última vez que los familiares de Pablo Leiva lo vieron con vida había sido el lunes 8. Leiva dijo a los suyos que se dirigía a vender sangre. En declaraciones de funcionarios de Plasmaférisis aceptaron que Leiva era cliente de su negocio, pero que la última vez que llegó al lugar había sido el jueves 4 de ese mes.

Perturbadores testimonios sobre desaparecidos

Varios de los donantes contaban a los medios que dentro de las instalaciones de Plasmaférisis existía un crematorio y según ellos ahí calcinaban y hacían desaparecer a los pobres vendedores que por su desnutrición y alcoholismo morían. Sin duda, algo perturbador y horroroso.

Uno de ellos aseguró que vio morir a un compañero de donación dentro del laboratorio donde le practicaban la extracción. “Yo vi cuando dos enfermeras llegaron con dos hombres vestidos de blanco y de inmediato lo trasladaron al interior del local, ellos nos dijeron que había sufrido un desmayo. Luego de varias semanas no lo volví a ver, ya que en ese lugar todos nos conocíamos”, afirmo el donante que prefirió el anonimato en ese momento.

De inmediato el repudio popular hacia este negocio se hizo notar, a tal grado que el 5 de octubre de 1977, la Cámara deDdiputados ordenó crear una junta de investigación para Plasmaférisis, la cual estaba presidida por el Ministro de Salud Pública.

Ya viejos, “donantes” eran descartados

Francisco Bone Vivas, quien por cuatro años y seis meses vendió su sangre a los cubanos y nicas “vampiros”, dijo en esa ocasión que esta empresa ya no siguió aceptándolo como “donante”, ya que su edad no se lo permitía y le habían encontrado signos de hepatitis.

“Fueron incapaces de brindarme ninguna ayuda y más bien me corrieron después de haberles vendido tanta sangre”, aseveró. Pedro Ramos, quien fungía como gerente, confirmo que el señor Bone había sido donante pero que estaba “descartado” por encontrársele varias enfermedades que no identificó.

Un comentario sobre: El día que los nicas mataron a Drácula

  1. bernardo sequeira dice:

    felicito al que redacta estos articulos por que me entretienen

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