El día que los relojes se detuvieron a las 12:33

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Redacción Central
Trinchera de la Noticia

El poeta Pedro Rafael Gutiérrez lo inscribió en piedra como nadie más. Fabio Gadea Mantilla lo leyó con la voz de todos. Con un torozón en la garganta y el rasgueo de una guitarra adolorida, melancólica, indescriptible.Cuando los nicaragüenses la escuchamos una madrugada, días después del terremoto que arrasó Managua, todos rompimos a llorar. Miles entraron en sollozos aún con sus muertos insepultos, desaparecidos o heridos en algún lugar de Nicaragua. Otros llorando la tragedia de todos. No había un hombro para yacer y dejar rodar las lágrimas porque todos habíamos perdido alguno, unos más que otros, pero todos éramos damnificados.

La voz suave, profunda, un lamento, comenzó a leer palabras con alma (“Réquiem a una ciudad muerta”). Pegados al radioreceptor de baterías con la ciudad a oscuras porque todo el tendido eléctrico había colapsado…

“No sé qué pueda yo decir sobre tus escombros que ya no esté dicho por los alambrados que te hacen sangrar por tus costados…”, leyó Fabio Gadea, mientras la guitarra nos invitaba a escuchar en silencio y postrarnos ante la realidad.

El poema de Pedro Rafael Gutiérrez, muerto hace algunos años en Costa Rica, tuvo la virtud de actuar como un bálsamo, un remedio inesperado que nos hizo llorar hasta que las lágrimas se secaron. Que penetró como un hierro caliente en nuestro corazón hasta que enfrío y que nos devolvió a la vida porque nos habló del pasado, de lo que estuvo allí y no volvería más.

“Todos los que decíamos que eras una mugre de ciudad y que ahora te velamos sin abandonarte, tenemos el derecho de llorar por lo felices que fuimos contigo”.

Ciudad fantasma

No estábamos preparados para semejante tragedia. No entendimos las lecciones del terremoto de 1931 ni de otros más “pequeños” que causaron menos daños, daños al fin, y que nos debieron sugerir que debíamos cambiar de actitud.

Luego de la tragedia y durante varios días, la ciudad quedó expuesta, sus muñones humeantes fueron víctimas de una masa desatada de personas que llegaron de los barrios marginales para cargar con televisores, cocinas, muebles, sillas; mientras, muchos otros más trataban de desenterrar a sus muertos.

Managua no recuperó la normalidad tan pronto porque nadie sabía que hacer más que huir, los que pudieron, o quedarse en sus casas porque no había adónde ir. La ciudad pequeña que tanto nos encantaba era el centro de nuestras vidas. La podíamos caminar a ciegas y en pocos pasos, pero eso era cosa del pasado.

“…tantas direcciones y lugares, como rótulos: se cose, se borda, se forran botones y hebillas, nacatamales sábados y domingos, se vulcaniza día y noche, Art. 4 garaje, se inyecta…”

Alambres de púas y explosiones

Los primeros en enviar ayuda de emergencia (medicinas, agua, alimentos) fueron el Ejército de los Estados Unidos y Cuba, con quien el gobierno de Anastasio Somoza Debayle no tuvo relaciones, al contrario, fue un enemigo activo de los revolucionarios isleños.

Los soldados norteamericanos llegaron con zapadores, equipos de demolición, dinamita, bulldozers y otros planes. La orden a cumplir era evitar más tragedias y por eso demolieron cuanto edificio vieron resquebrajados. Así se fue el Club Managua, hermoso, imperial, que tal vez se hubiese salvado, como Catedral, el Palacio Nacional, la Alianza Francesa.

Durante muchos días escuchamos los bombazos y los truenos, como si se tratase del 24 de diciembre que no tuvimos, eran los zapadores lanzando dinamita por doquier.

Poco después la ciudad fue alambrada, declarada en cuarentena, como si hubiese sido víctima de una bomba nuclear cuya radiación era un peligro de muerte. Los managüas protestaron porque de romplón se les había privado de visitar la tumba de la ciudad, llena de peligros, a los que nadie importaba.

 

 

La muerte por doquier

Los trabajos de reconstrucción comenzaron mucho tiempo después. Se trataba de sacar hasta el último ladrillo, madera, barro y polvo que antes fue la ciudad que comenzaba a dejar atrás el provincianismo y que se atrevía a vestir pantalones largos.

Lo cierto es que los capitalinos vivieron por muchos años junto a la muerte. Sus casas fueron trampas. Hermosas por fuera, taquezal (barro, caña y reglas de madera delgada) por dentro. Imponentes construcciones cuyos techos eran planchas de concreto (el Club Plaza). Calles estrechas que impidieron una salida de emergencia, al contrario, fueron sendero para la muerte.

La ciudad quedó a oscuras hasta que poco a poco, muy lentamente, se encendieron las primeras bujías. Las tareas de limpieza tardaron años, aún hace poco, el gobierno ordenó derribar los edificios sobrevivientes de la tragedia que resistían el paso del tiempo frente al Ministerio de Gobernación.

Pero quedan muchos más testigos del terremoto: La Catedral, el Palacio de la Cultura vuelto a revivir, el Teatro Nacion Rubén Darío, el Teatro Margot y la Lotería Nacional en el que habitan ocho familias (32 personas) que siguen esperando los trasladen, como hace 40 años, muchos esperaron en vano.

La reconstrucción se detuvo en los años 80, aunque se avanzó en otros aspectos: Plazas nuevas para el elogio de los gobernantes; edificios nuevos para albergar las oficinas de los nuevos dirigentes; avenidas remozadas para el desfile del poder; parques para monumentos gigantescos, alegorías a nueva ideología.

En los 90 un conflicto mezquino acabó con el compromiso de la Alcaldía de reconstruir la ciudad como antes no pudieron. Surgió la Plaza La Fe, el Malecón, el edificio de Telcor, el de la Cancillería, nacieron rotonda dónde habían esquinas peligrosas saturadas.

La ciudad creció en los alrededores del casco vacío, en desorden, repitiendo los mismos errores, con poca planificación, sin la reflexión permanente de que vivimos en un país telúrico.

Cuarenta años después los recuerdos se abren paso para encender de nuevo nuestro corazón y para llamarnos a pensar en que no estamos a salvo. Será cualquier día que volvamos a sentir la angustia y el terror del sismo, lo importante, lo necesario, es que esta vez sí estemos preparados.

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