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Papa Francisco habla a los novios

Papa novios
  • «Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuando con estas catequesis sobre la familia, hoy quisiera hablar del noviazgo. El noviazgo tiene que ver con la confianza, la familiaridad, la confiabilidad. Confianza con la vocación que Dios dona, porque el matrimonio es, antes que nada, el descubrimiento de una llamada de Dios.

Ciertamente es algo bello que hoy los jóvenes puedan elegir casarse sobre la base de un amor recíproco. Pero la libertad del vínculo requiere una armonía consciente de la decisión, no sólo un simple entendimiento de la atracción o del sentimiento, de un momento, de un tiempo breve… requiere un camino.

El noviazgo, en otros términos, es el tiempo en el cual los dos están llamados a realizar un trabajo bello sobre el amor, un trabajo partícipe y compartido, que va en profundidad. Se descubre poco a poco el uno al otro, es decir, el hombre ‘aprende’ acerca de la mujer aprendiendo de esta mujer, su novia; y la mujer ‘aprende’ acerca del hombre de este hombre, su novio.

No subestimemos la importancia de este aprendizaje: es un compromiso bello, y el mismo amor lo requiere, porque no es solamente una felicidad despreocupada, una emoción encantada…

La narración bíblica habla de la creación entera como un trabajo bello del amor de Dios; el libro del Génesis dice que: “Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno”. (Gen 1,31).

Solamente al final, Dios ‘descansó’. De esta imagen entendemos que el amor de Dios, que dio origen al mundo, no fue una decisión improvisada. ¡No! Fue un trabajo bello. El amor de Dios creó las condiciones concretas de una alianza irrevocable, sólida, destinada a durar.

La alianza de amor entre el hombre y la mujer, alianza para la vida, no se improvisa, no se hace de un día al otro. No existe el matrimonio ‘express’, es necesario trabajar sobre el amor, es necesario caminar.

La alianza del amor del hombre y de la mujer se aprende y se refina. Me permito decir que es una alianza artesanal. Hacer de dos vidas una vida sola es también casi un milagro, un milagro de la libertad y del corazón, confiado a la fe.

Debemos quizá esforzarnos más sobre este punto, porque nuestras ‘coordinadas sentimentales’ han caído un poco en la confusión. Quien pretende y quiere todo inmediatamente, después cede también todo -y de inmediato- en la primera dificultad, o en la primera ocasión.

No hay esperanza para la confianza y la felicidad de la donación de sí mismo si prevalece la costumbre de consumir el amor como una especie de ‘suplemento’ del bienestar psico-físico. ¡El amor no es esto!

El noviazgo se centra en la voluntad de custodiar juntos algo que nunca deberá ser comprado o vendido, traicionado o abandonado, por más tentadora que pueda ser la oferta.

Pero también Dios, cuando habla de alianza con su pueblo, lo hace algunas veces en términos de noviazgo. El libro de Jeremías, hablando al pueblo que se había alejado de Él, le recuerda cuando el pueblo era la ‘novia’ de Dios y dice así: «Me recuerdo de ti, del afecto de tu juventud, del amor al tiempo de tu noviazgo» (2, 2).

Y Dios ha hecho este recorrido del noviazgo; después hace también una promesa: lo hemos escuchado al inicio de la audiencia, en el libro de Oseas: «Te haré mi esposa para siempre, te haré mi esposa en la justicia y en el derecho, en el amor y en la benevolencia. Te haré mi esposa en la fidelidad y tu conocerás al Señor» (2, 21-22).

Es una larga vía la que el Señor recorre con su pueblo en este camino de noviazgo. Al final, Dios se casa con su pueblo en Jesucristo: esposa de Jesús es la Iglesia. El Pueblo de Dios es la esposa de Jesús. ¡Pero cuánto camino!

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