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Darío sigue inspirando libros

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Por Jorge Isaías

¿Darío? ¿Cuál Darío? Se pregunta Idea Vilariño en su penetrante libro Conocimiento de Darío, imprescindible para conocer una personalidad tan evasiva o inasible como la de este poeta grande y verdadero.

No se ponen de acuerdo sus contemporáneos ni sobre su aspecto físico ni por los más sobresalientes de su carácter. Pero casi todos coinciden en esa imagen de indefenso “que iba como dormido entre la gente”, según alguien lo definió.

También es muy cierto que como alguna vez aseveró el crítico Ángel Rama y que aquí retoma Vilariño, a nadie se le exigió tanto, a nadie se perdonó menos, ya que cada una de sus actitudes políticas no se ponen en contexto y se lo enjuicia con la implacable vara de la coherencia que no siempre pudo exhibir un hombre que fue muchos hombres y a veces debió luchar con sus propias debilidades y sus propias miserias como cualquier mortal.

Nacido en un pequeño poblado de Nicaragua, llamado Metapa, en 1867, con el nombre de Félix Rubén García Sarmiento y criado por sus abuelos paternos tras la separación de sus padres, fue un niño precoz que a los catorce años ingresa a un diario opositor y es detenido por escribir contra el tirano de turno en su país.

Rubén Darío, tal el nombre que adoptó, tal vez en homenaje a su abuelo, produjo una revolución en las letras escritas en castellano, tan original que fue un acontecimiento continental único, ya que los otros movimientos fueron copias de las vanguardias europeas y es junto a la gauchesca, lo más original (únicas) que dieron estas tierras.

Vivió como pudo del periodismo y de la diplomacia cuando no cambiaban los gobiernos de su país por asonadas o golpes de estado y entonces sobrevivía de su trabajo intelectual, siendo tal vez de los primeros en hacerlo profesionalmente.

En 1888 está en Chile cumpliendo tareas diplomáticas y se pone al frente del Modernismo con su libro Azul, una tendencia que había comenzado otro grande que al conocerlo lo abrazó y lo llamó “hijo”. Era José Martí.

El Modernismo, como sabemos, oxigenó la poesía y la prosa de nuestro idioma. También tuvo un ejército de seguidores menores pero de ello no tiene la culpa.

Volviendo al texto de Vilariño que trata de desentrañar la psicología de este desconocido “que era muchos hombres, ingresa en el análisis de sus amores tempestuosos y tal vez nunca ponderados como tales, ya que frecuentemente son relaciones pasajeras o, la frase es de Vilariño “carne de alquiler”.

Siendo embajador en Madrid en el año 1900, conoce a Francisca Sánchez del Pozo, natural de Navalsaús, Avila, que le presenta Amado Nervo y conviven catorce años. Tienen tres niños, dos nenas que mueren pronto y un niño, Rubén Darío Sánchez, que sobrevive. Esta mujer, analfabeta, a quien él enseña a leer y escribir en castellano y francés será la responsable de que nosotros podamos leer sus poemas, ya que lo amó con devoción y a la muerte del poeta recorrió todos los países donde él había estado y recogió amorosamente sus escritos porque en el desorden de la vida de Rubén Darío no le permitía guardar un solo original.

Cuando él partió hacia Nicaragua, donde moriría, le escribió un poema bellísimo y desgarrador donde le dice “Francisca Sánchez acompañame”, que es súplica y agradecimiento.

Ángel Rama se preguntaba por qué si su estética estaba perimida sus poemas nos siguen conmoviendo. Tal vez porque Darío fue un grande de verdad, que la humanidad conoce muy de vez en cuando, sin asomo de duda y su voz resuena para siempre entre nosotros.

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