La cabaña de Tarzán en Nicaragua

  • Refugios de madera y bambú en medio del bosque tropical
  • Los ríos Sábalos y San Juan, la reserva de Indio Maíz y otros paisajes nicaragüenses con el eco de los monos aulladores

José Ovejero

Un grupo de zopilotes, veinte o treinta, se arremolina alrededor de una carroña junto a la carretera. Unos cuantos, que no encuentran sitio mejor, aguardan sobre la calzada a que les toque el turno y no se apartan cuando llegan los coches, que tienen que maniobrar para evitarlos. Me hacen pensar en el paisaje semidesértico que tuvimos que atravesar para ir de Managua a León, en las tierras abrasadas, en los animales esqueléticos que parecen moverse únicamente para encontrar con esfuerzo el lugar apropiado donde tenderse a morir.

Pero el trayecto de Managua hacia Boca de Sábalos es muy diferente. Por el camino, los animales, ese indicativo del bienestar de un pueblo, parecen sanos y bien alimentados: vemos caballos retozar, vacas con terneros lustrosos, perros que no tiemblan de hambre o de miedo, asnos sin trasquilones. Aquí la sequía no ha causado los mismos estragos que más al norte, estragos que hicieron llorar a una escritora costarricense participante en el encuentro literario Centroamérica Cuenta, en el que acabo de participar; entre hipos, con la cabeza apoyada contra el pecho de un colega alemán que no sabía qué hacer con tanto desconsuelo, exclamaba: no lo soporto, no puedo soportarlo; tanta sangre para esto.

Hacia el sur la miseria, si la hay, no salta a la vista. Aunque se atraviesa algún poblado pobre, como ese en el que desde tabucos de madera pintada con colores chillones te ofrecen aguamiel al borde de la carretera, sin que se vea a nadie detenerse a comprar. Los tabucos llevan todos su nombre, la mayoría religioso: Bendición, El Paraíso —sí, El Paraíso, ese minúsculo tenderete rodeado de casas también minúsculas—, Redención. Ya en Managua me habían llamado la atención el Cyber Hosanna, la farmacia La Salvación, la pulpería Dios te Guíe. Los nombres religiosos son omnipresentes en Nicaragua; quizá por influencia de Ortega —y su mujer—, que desde los carteles de propaganda gubernamental, tan abundantes como solo lo son normalmente en las dictaduras, proclama un país cristiano, socialista y solidario.

El alboroto de las aves

El paisaje va volviéndose más verde a medida que nos acercamos al río San Juan. Dejamos la carretera del Norte, esa vía bien asfaltada y bien señalizada que lleva hasta San Carlos, para dirigirnos por un camino de tierra a Boca de Sábalos, sobre el río Sábalos. Desde allí una barquita nos traslada a las cabañas en las que vamos a pernoctar, apenas un kilómetro río abajo. La cabaña lleva el nombre de Tarzán, y no es difícil imaginar al rey de los monos subido a este habitáculo de madera y bambú acodado sobre el mismo río, en medio del bosque tropical. Los bramidos de los monos congo o aulladores y el alboroto de las aves, sobre todo al atardecer, acaban de completar la atmósfera selvática.

Bajamos en barca a la reserva biológica de Indio Maíz. Tenemos que navegar en zigzag porque las aguas van bajas y hay zonas en las que es posible encallar contra bancos de arena y de piedras. El río San Juan es a esta altura ancho y tranquilo. Vemos garzas, cormoranes, oropéndolas, guacamayos, un caimán, monos congo hechos una bola pegados a sus ramas para protegerse de una lluvia que al parecer les incomoda más que a nosotros. Un basilisco verde que, como su primo el lagarto Jesucristo, es capaz de correr sobre las aguas. La entrada a la reserva está custodiada por un pequeño destacamento militar; la lucha contra el narcotráfico y los conflictos con Costa Rica han aumentado la presencia de soldados en la zona y, para bajar por el río transportando gente, hay que pedir cada vez un permiso al Ejército.

El río San Juan marca parte de la frontera entre Nicaragua y Costa Rica, que es objeto permanente de disputas entre los dos países. En un fallo de 2009 el Tribunal de La Haya concedía derechos de navegación comercial a Costa Rica pero reafirmaba la soberanía de Nicaragua sobre las aguas del San Juan. Por eso aquí se dice que, cuando el río crece, Nicaragua es más grande. Aunque lo que también se desborda hacia Costa Rica son los trabajadores ilegales que atraviesan el río a escondidas.

José Ovejero es autor de La ética de la crueldad (Premio Anagrama de Ensayo en 2012).

 

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