Los enemigos de las ideas

Tres ideologías han protagonizado la formación político social del estado nicaragüense en su vida independiente. La efímera conservadora con sus 30 años de gobierno en el siglo XIX aunque mantuvo su influencia -sobre todo cuando el gran capital granadino se vistió de verde-, la liberal que dominó el siglo XX retornando en 1990 hasta 2006, y la socialista de reciente cuño con 20 años gobernando en dos momentos distintos.

Tal parece que la historia nos hubiese reservado un tramo largo y apacible, pero no fue así. Los 30 años conservadores correspondieron a una época en que la democracia, como la conocemos ahora, no existía, era una especie de ola que apenas empezaba a tocar a nuestras costas.

PJCH resumió en cientos de editoriales el pensamiento de una sociedad sedienta de cambios.

El debate sobre la democracia formal, las elecciones transparentes, el voto seguro, la participación igualitaria, y otros temas vinculados que no terminamos de resolver hoy en día, casi dos siglos después de que los fundadores de la Patria forjaran un nuevo mundo de libertades e independencia, no existía en los tiempones de los conservadores, ni a comienzo del siglo XX.

La revolución liberal de Zelaya enamoró al país con las ideas y ofertas del mundo europeo y estadounidense de una época previa a la inauguración de la confrontación ideológica más grande ocurrida en la historia de la civilización y que nos marcaría de una forma telúrica con la revolución de 1979.

Tal pareciera que no nos hemos perdido de nada del menú político de la América Latina del siglo pasado: períodos de dictaduras y democracia, revoluciones y golpes de estado, desarrollo económico y retrocesos sociales, gobiernos de izquierda y de derecha, presidencias crueles y otras débiles.

Mucha experiencia

La experiencia de nación de Nicaragua ha sido vasta, mucho más rica y dolorosa que la de cualquier otro país de Centroamérica y sin embargo, seguimos a la cola de la región. La propaganda oficial del régimen actual, el maquillaje recargado en el rostro del país, no puede ocultar que somos el segundo país más pobre de Latinoamérica en donde nos hemos eternizado junto a Haití. Ninguno de los dos “renuncia” a ser el último y el penúltimo.

No hemos sido tampoco un país “aburrido”, todo lo contrario, vivimos inconformes con lo que tenemos y que no logramos perfeccionar, a veces tocamos la meta para regresar sobre nuestros pasos, nos hemos resbalado muchas veces en lo más limpio, deslizado por la pendiente cuando estábamos a poco de alcanzar la cima cargando nuestras penas tanto que parece fuéramos el mismísimo Sísifo empujando la piedra cuesta arriba solo para verla rodar de nuevo hacia abajo al llegar a la meta. Y volver a la rutina una y otra vez como si se tratara de una maldición diabólica.

PJCH

A lo largo de casi dos siglos hubo hombres y mujeres que marcaron con sus ideas y sus actuaciones los rumbos que no hemos tomado, o que si lo hicimos fue para desviarnos un poco más adelante. Idealistas que nos indicaron la ruta que no anduvimos.

Uno de ellos fue el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, bautizado por la revolución sandinista como el Mártir de las Libertades Públicas, al que hoy el gobierno sandinista le niega el lugar que le dio y combate su simbología e ideas con la misma furia con que derribó la estatua de Somoza.

No es, ni parece ser el actual, el mismo liderazgo revolucionario que rescató e inmortalizó el legado de Chamorro Cardenal, el que “remodeló” el parque construido en honor del insigne periodista, y que poco a poco ha borrado las huellas del gobierno de Violeta de Chamorro, para combatir las ideas del Mártir.

Pensamiento nacional

Miseria y arrogancia humana propia de mentes cortas y vengativas. Violeta Barrios fue escogida por los revolucionarios sandinistas para presidir la primera junta de gobierno en 1979, en reconocimiento al legado de su esposo y al papel de la mujer nicaragüense. ¿Por qué destruirlo 30 años después?

Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, conservador de nacimiento devenido en un pensador progresista, impulsado por la ola de los años 70, resumió en cientos de editoriales el pensamiento de una sociedad sedienta de cambios, urgida de explotar la pobreza y comenzar el camino del despegue económico que no es, ni era posible entonces, bajo el signo de una dictadura gobernante. Ni antes ni ahora.

La constancia de Chamorro desde las páginas de su periódico, su fortaleza para no ajustarse a los tiempos ni doblegarse a la primera de cambios, no lo llevó a la meta deseada. Otros lograron el cambio del régimen, pero fueron las ideas del Mártir de las Libertades Públicas las que calaron, como una gota de agua constante sobre la piedra, en la conciencia del pueblo de Nicaragua.

La vigencia de su pensamiento continúa. Pedro Joaquín no está para manipulaciones mezquinas ni para ser olvidado.

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